Vivir con miedo
A lo que no va a pasar
Mis padres y mis tíos temían que mi abuelo se quedase sin dinero por invertir en bolsa en los años setenta y ochenta.
Murió con dinero, acertó de pleno.
Un familiar mío tenía miedo a que le despidiesen.
Se jubiló en la misma empresa.
Un amigo lleva veinte años preocupado por una posible crisis económica definitiva.
La definitiva nunca llega.
Pero las úlceras sí.
Otro conocido tenía miedo a montar un negocio.
“¿Y si fracaso?”
No lo montó.
Fracasó igual.
Solo que trabajando para otros.
La mayoría de la gente vive aterrorizada por películas mentales que jamás se estrenan.
Y lo peor:
pagan la entrada todos los días.
Es fascinante observarlo.
Hay gente que no disfruta del presente por culpa de un futuro imaginario que probablemente no exista nunca.
Personas que:
no cambian de ciudad,
no emprenden,
no se enamoran,
no invierten,
no aprenden,
no hablan,
no se atreven,
no viven.
Porque “por si acaso”.
La frase más cara de la historia.
“Por si acaso.”
Conozco personas que llevan treinta años ahorrando para una catástrofe futura mientras desperdician la única cosa que no se puede recuperar:
El tiempo.
Y aquí llega la ironía maravillosa del asunto.
Muchas veces acaba ocurriendo justo lo contrario de lo que temían.
El que tenía miedo a perder el trabajo…
…acabó atrapado en uno que odiaba.
El que tenía miedo a quedarse solo…
…acabó viviendo una vida mediocre acompañado de alguien que no soportaba.
El que tenía miedo a arriesgar…
…acabó arrepintiéndose de no haberlo hecho.
Porque hay una verdad bastante incómoda:
El miedo rara vez evita el sufrimiento.
Solo evita la vida.
A veces pienso que hemos confundido prudencia con cobardía sofisticada.
Le ponemos nombres elegantes:
“estabilidad”
“seguridad”
“tener cabeza”
“sentido común”
Pero muchas veces es simple terror disfrazado de madurez.
Y ojo.
No hablo de tirarse desde un puente sin cuerda.
Hablo de algo mucho más simple.
Hablo de llamar.
De probar.
De empezar.
De aprender.
De mudarte.
De escribir.
De decir que no.
De decir que sí.
De dejar un trabajo que te está apagando lentamente por dentro.
Porque hay personas que no mueren a los 80.
Mueren a los 40.
Y las entierran a los 80.
El miedo tiene una habilidad extraordinaria:
convencerte de que estás sobreviviendo…
…cuando en realidad solo estás aplazando vivir.
Y lo más divertido es que la vida suele romperte por sitios completamente distintos a los que imaginabas.
Te preocupas por perder dinero…
…y el problema acaba siendo la salud.
Te obsesionas con el trabajo…
…y quien desaparece es alguien a quien querías.
Te aterroriza fracasar…
…y descubres demasiado tarde que el verdadero fracaso era no intentarlo.
La vida tiene bastante sentido del humor negro.
Por eso llega un momento en el que entiendes algo importante.
No puedes controlar casi nada.
Ni la economía.
Ni las empresas.
Ni las crisis.
Ni el algoritmo.
Ni el mercado.
Ni el futuro.
Pero sí puedes decidir una cosa:
si vas a vivir escondido…
…o vas a vivir de verdad.
Porque al final la mayoría de las tragedias que imaginamos nunca ocurren.
Pero la vida que no vivimos…
esa sí se pierde para siempre.


Hoy te has superado, amigo Sixto. Muy buen post. Y a ver si quedamos a comer cuando vengas por Madrid. Un fuerte abrazo.
Grande Sixto. Hombre sabio.